Hablemos de Drogas

La actual guerra contra las drogas cumplió en este mes de junio 50 años. El intento de acabar el consumo y producción a través de millones de dolares gastados en armas y operativos policiales ha fracasado. ¿Debemos intentar otro camino para combatir la drogadicción?, la respuesta cota es sí, la respuesta larga es la siguiente.

La actual guerra contra las drogas es una de las políticas públicas más influyentes en el último siglo, es una cruzada que ha involucrado a casi todas las naciones y ha dejado resultados que nos invitan a cuestionarnos. No estamos hablando de algo nuevo, en diferentes momentos de la historia y las más diversas sociedades buscaron perseguir el consumo o producción de determinadas sustancias en su territorio. La actual versión es una guerra liderada por los Estados Unidos y las malas consecuencias de su ejecución sobrepasan al hipotético infierno que se quería evitar.

Antonio Escohotado en su obra Historia General de las Drogas, da una aproximación a cómo diversas sociedades a través de la historia se relacionaron con el consumo de sustancias. Una de las primeras conclusiones después de leer dicho libro es que la actual guerra contra las drogas es un absurdo que lo comprueban 50 años sin logros significativos. Primero porque la prohibición no ha servido para la erradicación del consumo y segundo sus consecuencias en diversas áreas de la sociedad generan otro tipo de problemas que son a veces peores.

Antonio Escohotado

¿CUÁL ES EL OBJETIVO DE LA GUERRA CONTRA LAS DROGAS?

En términos generales el objetivo es atacar la producción, recolección y el comercio de algunas sustancias esperando que al cortar este proceso se reduzca o erradique el consumo. ¿Para qué?, un escenario que se plantea es que al no haber consumo de drogas se promete una especie de paraíso terrenal “un mundo libre de drogas”. No tengo idea cómo funcionaría un mundo sin ningún tipo de narcótico, pero los defensores de esta cruzada lo imaginan quizás como un reino de paz.

Hay un hecho y es que nuestras sociedades están inundadas de drogas, en casi cualquier lugar del mundo siempre habrá la posibilidad de adquirir una sustancia que genere cambios cognitivos o sensoriales en el individuo. La variedad también abarca el mercado legal con su tabaco, alcohol, drogas farmacéuticas, cafeína u otro tipo de elementos. El estatus de droga legal o ilegal ha cambiado mucho a través del tiempo, en algún momento el imperio otomano considero ilegal la cafeína y los actuales caficultures serían ante sus ojos una versión campesina de Pablo Escobar. Acá hay dos complejos problemas, el primero es que un mundo sin drogas es imposible y segundo lo que motiva la oferta es la demanda y a los humanos nos gusta drogarnos.

Determinar qué es lo que hace una droga legal o ilegal es el corazón del problema, pues hasta ahora no ha habido ningún criterio válido para diferenciarlas. La mayoría de la población mundial ha consumido alguna vez una droga y si nos vamos al sentido más estricto de la palabra la cantidad de drogadictos es más alta de lo que se calcula. Esto se da siempre y cuando el término incluya a los consumidores asiduos de tabaco, alcohol, cafeína o casi cualquier medicamento que se pueda encontrar en una farmacia.

Acá hay dos complejos problemas, el primero es que un mundo sin drogas es imposible y segundo lo que motiva la oferta es la demanda y a los humanos nos gusta drogarnos.

Determinar el criterio para cambiarle de estatus a una sustancia es algo crucial, pero desde ya voy mencionando que la prohibición y la moralización es una pésima forma para enfrentar los problemas de drogadicción. En términos concretos la droga más dañina según varios estudios es el alcohol, dañina en el sentido de problemas derivados de en mal consumo como: accidentes de tránsito, riñas u homicidios. Otro ejemplo que las drogas legalizadas también son problema para la salud pública es la crisis de los opioides en Estados Unidos.

,

EL PROBLEMA DE LA MORALIZACIÓN DEL CONSUMO

No hay un parámetro claro que determine qué es lo que hace a una droga legal o ilegal, simplemente está una demarcación ficticia sin ninguna base y que ha sido replicada por las instituciones. De algo estamos seguros y es que el estatus de una sustancia no necesariamente está relacionado con su potencial letalidad. Si realmente el interés fuera la salud pública entonces no tiene sentido que la Marihuana o LSD sean prohibidos y el alcohol no; esto siempre y cuando nos basemos puramente en sus efectos dañinos recogidos a través de la evidencia. Una indeseable consecuencia de centrar el asunto sobre lo que es legal o ilegal es que pone a un debate científico en un terreno de moralismos.

Lo complejo de moralizar el consumo de algunas sustancias como bueno o malo recae en que no resuelve el problema real que es la adicción. Podemos tomar dos sujetos imaginarios, el primero es un alcohólico empedernido y el segundo es consumidor esporádico de cocaína; desde el actual enfoque la segunda persona tiene un problema más grave que la primera. Pero el asunto no es la sustancia que se consume sino el comportamiento dentro de la sociedad y más aún bajo los efectos de la droga. Si el primer sujeto después de su constante consumo de alcohol provoca violencia intrafamiliar o riñas es más peligroso que alguien que simplemente esnifó dos lineas en medio de una fiesta.

Acá hay dos complejos problemas, el primero es que un mundo sin drogas es imposible y segundo lo que motiva la oferta es la demanda y a los humanos nos gusta drogarnos.

La cuestión con las drogas (en su totalidad) es que es hablamos de prácticas que estuvieron, están y estarán con nosotros. El consumo de ciertas sustancias no es una decadencia moral o algo artificial, podemos recordar que hay casos documentados de animales que también lo hacen. Todos podemos conocer a una persona que arruinó su vida drogándose pero no tenemos en cuenta los otros miles que viven vidas tranquilas o productivas sin abandonar hábitos de consumo.

Erradicar de nuestra especie el interés por nuevos estímulos mentales es un trabajo casi imposible. Si algo se ha aprendido en estos años de prohibición es que las personas encontrarán el modo de satisfacer lo que quieren. En este punto es que hago mi propuesta principal que en vez de gastar recursos para eliminar la producción de sustancias sugiero que lo invirtamos en educación sobre el consumo en general. Tanto las drogas legales o ilegales pueden llevar a la ruina a una persona, por lo tanto estigmatizar los consumidores de un selecto grupo de sustancias prohibidas no tiene sentido.

Obviamente esta idea no me la estoy inventando, la discusión sobre las drogas involucró los aportes de grandes pensadores en la historia. Tenemos a consumidores de sustancias como el alcohol o tabaco que se pierden simplemente por falta de educación sobre su consumo. Algunos de ellos pensarán que que su droga está bien solo porque es legal y ese es un punto del problema de la visión moralista. La legalización no resolverá el problema de drogadicción, pero sí nos quita un peso de encima a la hora de analizar objetivamente el por qué de las adicciones y cómo tratarlas.

La guerra contra las drogas la podemos catalogar como un rotundo fracaso. Primero porque no ha podido eliminar el consumo ni el comercio; las buenas intenciones de Nixon van en contravía de una especie que busca nuevos estímulos y que siempre es ingeniosa para comerciar. Lo segundo es que su impacto en ciertas sociedades productoras ha sido negativo para su nivel de vida.

LO QUE NOS HA DEJADO LA GUERRA

Desde este punto quiero centrarme en las consecuencias que ha dejado la guerra contra las drogas desde uno de los entornos donde más ha sido dañina: Latinoamérica. Este texto lo escribo en Colombia y desde que tengo uso de razón el asunto del narcotrafico ha sido un dolor de cabeza para el país. Las razones para esto es que el narcotráfico ha sido la fuente de financiación del conflicto interno llevando consigo todos los males como homicidios, estafa o corrupción.

Pablo Escobar en el partido liberal colombiano

La principal razón por la cuál la herencia del narcotráfico es un río de sangre recae no en el consumo sino en su ilegalidad. Estamos hablando de uno de los mercados más rentables y que por desgracia fue apoderado por el sector criminal. Detrás de los actuales conflictos urbanos en Colombia, Brasil o México se halla una sangrienta lucho por el control de estas rutas comerciales. Como consecuencia de las dinámicas de guerra dentro de este mercado ya tenemos un saldo negativo: la perdida de generaciones de jóvenes alrededor del continente.

La perdida de capital humano ha sido absurda y espero que las futuras generaciones cuestionen fuertemente las consecuencias de estas políticas. Es claro que en un entorno de pobreza, falta de educación o de oportunidades como lo son grandes barrios de Medellín, Sao Paulo, Caracas o Ciudad de México; la posibilidad de un rápido ascenso social en un entorno peligroso es la única esperanza a la que se aferran miles de jóvenes.

La guerra contra las drogas la podemos catalogar como un rotundo fracaso. Lo primero es que no ha podido eliminar el consumo, este siempre va a estar presente en las sociedades ya que detrás de ello se esconde uno de los fundamentos de la economía de mercado: la ley de la oferta y la demanda

El capital humano que en Latinoamérica ha perdido no es sólo de los jóvenes en pandillas. Recodemos que esto es una guerra y usualmente quienes más la sufren son los civiles. En el continente también hemos perdidos de manera indirecta miles de vidas como consecuencia de balas perdidas, atentados, sicariato, etc.

Atentado carro bomba en la oficina del DAS

Esta perdida de capital humano no se da solo en los cementerios sino también en las cárceles. Un 20% de las personas que están pagando condenas en Colombia lo hacen por delitos relacionados con drogas. La mayoría de estos delitos se relacionan con el porte o comercialización de sustancia, es decir no hablamos de actos violentos. Si tuvieramos un enfoque diferente sobre este tema podríamos solucionar indirectamente otro de los problemas de algunos países de la región: hacinamiento en las cárceles.

ASUNTOS ECONÓMICOS

Si la perdida de capital humano es un problema, otro aspecto negativo de la prohibición es que es un estímulo para la corrupción. Estamos hablando que el comercio de drogas es un negocio tan rentable en parte por su ilegalidad, estos millones de dolares que giran diariamente son capaces de comprar las mentes en todas las ramas del poder. En esto puedo estar seguro que no solo hablo del caso colombiano sino de un fenómeno global.

Figuras políticas en todo el mundo se han visto envueltos en estos problemas y debemos tener en cuenta que los que se dejan capturar son una minoría comparada con los que escapan inmunes. No es de extrañar que grandes opositores de la legalización sean precisamente políticos o narcotraficantes que no quieren perder su negocio y hay veces que lo esconden con discursos moralistas sin sustento científico.

Pero cuando hablamos de dinero tenemos que tener en cuenta las millonadas gastadas en equipos militares o instituciones que continúan este sin sentido. Un solo dato es suficiente y es el presupuesto anual de la DEA que en 2018 fue de 2.086 millones de dolares. En las últimas décadas invertimos miles de millones de dolares en un juego del gato y el ratón que finalmente no ha dado resultados. Si la prohibición y persecución de las drogas fuera el camino, después de tanto dinero gastado no tendrían porqué haber sustancias ilícitas en las calles o gente acudiendo a clínicas de rehabilitación.

Un nuevo enfoque sobre las drogas

Nixon, principal promotor de la “Guerra contra las drogas”

La actual guerra contra las drogas tiene 5 décadas encima y al parecer va en camino a durar como mínimo una más. No niego que detrás de todo este esfuerzo hay miles de humanos valiosos que sueñan con un “mundo libre de drogas”. Algunos se habrán sumado a esta causa sufriendo los problemas de drogadicción en primera mano. Aquel familiar perdido o un pasado deshonroso son algunas de las tantas causas por las que las personas se unen a esta cruzada. Es un trabajo hecho por gente que en su mayoría están convencidos que hacen lo correcto.

Sin embargo a pesar de las buenas intenciones tenemos que tener en cuenta los resultados generales de una política que no ha sido efectiva. Estoy de acuerdo que la drogadicción en cualquiera de sus presentaciones es un problema que debemos resolver, pero el enfoque de la prohibición y persecución lleva décadas siendo como mínimo ineficiente.

IDEAS PARA LA LEGALIZACIÓN:

Antes de abogar por una legalización asumo que algunas de las ideas que presentaré pueden tener resultados variados. Pocas cosas de la realidad humana tienen soluciones perfectas, lo normal es que aparezcan nuevos problemas en el camino. En este punto considero que el proceso de normalización de las drogas presenta tres importantes inconvenientes:

  1. Hay riesgo de un aumento general en el consumo. En ese caso el problema no es que se haga, sino que se aumentan las probabilidades que individuos generen adicción.
  2. Esto requiere de una alianza global. Uno de los grandes miedos de los países al aplicar una nueva postura sobre drogas son las posibles sanciones internacionales.
  3. Lo relacionado con la criminalidad no va a ser solucionado en un 100%. Pese a que se tendrían mercados legales, lo ilegal seguiría operando tal como ocurre con el contrabando de licor; fenómeno que a veces se presta para asuntos criminales.

Entendiendo los posibles inconvenientes hay que recordar las principales razones por las cuales se buscaría una legalización:

  1. Reducir en su máxima expresión la criminalidad relacionada con el tráficos de drogas ilegales. Asumiendo que en un 100% no será posible
  2. Hacer un gasto más eficiente de los recursos de la guerra contra las drogas. Menos dinero para armas, más para campañas de salud pública.
  3. Redirección de las fuerzas militares o policiales para usar su tiempo en otro tipo de sucesos más allá de la comercialización de sustancias
  4. Utilizar de mejor manera el dinero que es producido por el comercio de las drogas. A través de impuestos o de un control estatal, la mina de dolares que es el comercio de las drogas debe ser reinvertida en programas de mejoramiento social.

Para la aplicación de una nueva política en drogas tenemos que tener claro algunos principios. El primero es que debemos focalizar nuestros esfuerzos en la adicción más no en el consumo per sé de la sustancia. El consumo moderado de casi cualquier droga no tiene porque ser problema, independientemte de lo que se ingrese al cuerpo. Ante esto se propone que la cooperación internacional busque profundizar en temas de salud mental; un entendimiento mejor de las adicciones y la promoción masiva de sus tratamientos es mejor que el juego del gato y ratón que se vive en las calles para perseguir la droga.

Bien sea a través de un control estatal o una serie de impuestos a los privados, lo que se buscaría con el dinero producido es mejorar las condiciones de vida de millones de personas que hoy todavía viven bajo el umbral de la pobreza. Una reinversión efectiva necesita combatir uno de los problemas base de latinoamérica: la corrupción. Podríamos empezar a liberar las cárceles; el hacinamiento también es una razón para que estos espacios se hayan convertido en escuelas de criminalidad.

La educación masiva en materia del consumo de sustancias es fundamental. Es necesario que las personas conozcan las consecuencias de lo que se meten en el cuerpo. Son necesarias campañas masivas donde se explique los problemas por ejemplo de consumir alcohol sin alimentarse o de mezclar cocaína con bebidas energéticas.

También es importante aplicar algo que aprendió Estados Unidos en sus tiempos de vetar el alcohol: el deterioro de la calidad del producto. En aquellos años de Al Capone. el licor que se vendía en las calles era de la peor procedencia y muchas veces vendiéndose alcohol etílico para soportar la demanda. Lo mismo pasa con otras sustancias, los procesos legales permitirán un mejoramiento de su producción y las personas serán más conscientes de lo que ingresa a su organismo.

CONCLUSIONES

Quiero aclarar que en este texto no abogo para que la gente consuma drogas ilegales. La verdad es que defiendo la libertad de hacerlo o no hacerlo sin tener que sufrir estigmatizaciones del estado o la sociedad. Felicito a aquellos que nunca han consumido alguna sustancia ilegal, pero la problemática requiere más que admirables iniciativas individuales.

La drogadicción es un problema real y ha acabado con miles de vida alrededor del mundo. Mi propósito es dar a entender que la actual política de guerra contra las drogas no resuelve estos asuntos, en cambio le añade el componente de la criminalidad, productos de mala calidad y miles de millones de dolares despilfarrados. Del mismo modo la discusión moral sobre este tema no conlleva a resultados útiles.

Mi propuesta es combatir la drogadicción y otro tipo de adicciones a partir de un enfoque educativo, acompañamiento médico por fuera del estigma social y un mejor uso de recursos. Hace poco me encontré el siguiente articulo sobre la disminución del consumo de alcohol en adolescentes en paises del primer mundo. Reducir la adicción a las drogas se puede lograr, pero para ello se debe entender que una política a largo plazo que se salga del esquema del estigma moral y la persecusión es un camino que debemos intentar.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s