Apuntes sobre el odio

¿Necesitamos los humanos odiar? ¿por qué es tan fácil encontrar muestras de esto en nuestra vida cotidiana?. Erradicar el odio de la especie humana es una misión imposible, más bien nuestro objetivo es saber dirigir esta emoción para que sea lo menos dañina posible.

Artistas, escritores, filosofos, músicos, pintores y gente desde diversas áreas han predicado en contra del odio. Existe una especie de consenso sobre el hecho que odiar es una de las causas de nuestros males más profundos como especie. Razón no les falta, el odio es uno de los pilares básicos de la violencia y ya hemos sido testigos del alcance que tiene el humano cuando quiere aniquilar al otro.

No necesariamente odiar significa hacerle un daño físico a la otra persona, hoy somos testigos de cómo esta emoción se ha adaptado a las nuevas herramientas digitales. El ejercicio es tan sencillo como navegar por redes sociales y centrarse en temas polémicos para ver el nivel de destrucción que existen entre los diversos bandos. Aunque el fenómeno a veces se ha prestado para las amenazas reales donde ya hablamos de delitos, las redes sociales dieron paso al ejercicio de detestar a los demás sin necesidad de incurrir a un acto que perjudique directamente. ¿Es esto bueno o malo?

Tengo la certeza que quienes mejor entienden este fenómeno son las figuras públicas. Se ha creado un concepto digital conocido como «hater» para precisamente describir a aquellos tipos de personas que encuentran una especie de placer al insultar o tratar mal a determinada figura. Es normal que aquellos exitosos en redes sociales se encuentren con una fanaticada grande que les celebra cada acto, pero también da pie a otros usuarios que con razón o sin razón descargan las frustraciones de su vida con ellos.

Ahora bien, independientemente de los juicios morales que tengamos sobre esta emoción como también los podemos tener con la envidia, ira, etc. Hay un hecho claro y es que el odio es una parte de nosotros, venimos cableados con la posibilidad de ver al otro como enemigo y con ellos descargar toda nuestra furia. Por supuesto hay un sinfín de factores que determinan nuestro comportamiento y por supuesto hay personas donde es más notorio reconocer sus rencores internos.

Pero a pesar de las críticas que tengamos no debemos olvidar que odiar existe todavía en nosotros porque nos ha sido útil en la pintura general de la evolución de la especie. Recordemos que como buenos seres naturales el conflicto es una constante y por milenios vivimos en situaciones donde pequeñas diferencias podían llegar a ser asuntos de vida o muerte. Es más, solo desde hace un relativo corto tiempo en la historia humana comenzamos a juzgar a severamente la guerra o la violencia.Dentro de la ley de la selva nuestros antepasados quedaron muchas veces en el dilema de matar o ser asesinados, así que odiar era algo que daba una ventaja en el terreno de los conflictos.

Una de las cosas por las cuáles odiar resulta útil es que cuando estamos poseídos por esta emoción se nos hace más difícil empatizar y sobretodo cuando es asunto de humano contra humano. En promedio a las personas se nos hace más fácil matar a un animal que a un humano por simple cuestión de semejanza. El odio por su parte nos permite eliminar esta compasión o empatía haciéndonos liberar la adrenalina y el cortisol necesario para ejecutar aquellos aberrantes actos de los que está compuesto la historia del homo sapiens.

Deshumanizar al otro es tristemente necesario en el contexto de querer ganar una guerra. Ahí es donde la propaganda cumple un rol al tratar de alimentar el odio hacia determinada población. Los nazis operaron su maquina de muerte con la consigna que los judíos eran sub-humanos así que moralmente no estaba mal todo lo que ellos hacían. Este ejemplo puede replicarse a casi cualquier acto de genocidio en la historia humana, algunos ejemplos son:

  1. En el contexto del genocidio de Ruanda, las autoridades de la tribu Hutu envíaba una consigna a través de los medios de comunicación mencionando los Tutsi eran «cucarachas».
  2. Durante la segunda guerra mundial los japoneses en sus conquistas a Asia tenían construido un discurso de superioridad sobre los demás pueblos. La deshumanización fue útil cuando se hicieron los experimentos humanos como lo retrata la película «hombres detrás del sol»
  3. El Apartheid en Sudafrica tuvo éxito en algunos puntos dado que se construía un mensaje donde las personas negras eran consideradas inferiores. Del mismo modo la esclavización fue avalada por instituciones religiosas a través del debate si los negros tenían alma o no, dando una entrada a dichos actos.
  4. Los aztecas tenían dentro de sus rituales la aniquilación de otras etnias de la región a través de sacrificios humanos a dioses. En este caso no se hablaban de personas sino de ofrendas.

Dentro de la ley de la selva nuestros antepasados quedaron muchas veces en el dilema de matar o ser asesinados, así que odiar era algo que daba una ventaja en el terreno de los conflictos.

La lista puede ser fácilmente infinita pero la idea es clara: en un contexto de permanente conflicto por tierras, recursos o sexo la violencia casi siempre fue el mecanismo más rápido para resolver disputas. Dentro de este violento marco los humanos desarrollamos la capacidad de generar una eliminación total de la empatía hacía los demás a través del odio.

Como sociedad hemos avanzado durante los últimos siglos, eso sí con múltiples recaídas que nos hicieron cuestionar y buscar diferentes soluciones. En el camino hemos creado instituciones que tienen como fin principal evitar la violencia o la guerra entre pueblos, naciones o ciudadanos. Si bien la guerra y la violencia en el día de hoy siguen estando presente en algunos territorios, en términos globales la violencia se ha visto reducida a niveles históricamente muy bajos. Esto por supuesto no significa que hayamos eliminado el demonio de la destrucción en nuestra especie, ya que los humanos siempre podemos dar dos pasos para atrás en nuestros avances.

A pesar de algunas victorias en nuestro inmenso esfuerzo para volvernos más pacíficos, todavía seguimos siendo humanos con una desarrollada capacidad para odiar y ver a otros como enemigos que (a veces) pensamos que debemos o queremos destruir. Esto está en el ADN de cada uno de nosotros pero a través de múltiples hechos en su mayoría las personas no cometemos acciones reales para buscar matar a todo lo que no nos gusta.

Nuestra capacidad de odiar explica entonces mucho de ese ambiente de tensión y destrucción que nos encontramos en redes sociales. Pretender erradicar el odio del corazón humano es una tarea que con nuestros medios actuales es imposible. Estoy seguro que muchas veces nos hemos encontrado con personas que éticamente los podemos considerar buenas personas, ese tipo de sujetos amables y que lo último que buscan es hacerle daño a otros. Pero estos personajes también tienen puntos de vistas donde su sentido de humanidad se reduce si hablan de esa colectividad que no les gusta, se les nubla la empatía y muchas veces esos sujetos somos nosotros mismos.

Ante la imposibilidad actual de eliminar el odio de la humanidad, creo que el objetivo debería ser buscar mecanismos donde estas tendencias naturales sean dirigidas a fines menos dañinos. Personalmente pienso que todos tenemos derecho a odiar y que ese sólo hecho no debería ser un problema siempre y cuando no se transformen en acciones que físicamente dañen a los demás. El internet y su capacidad de anonimato nos permite chocarnos de frente con ese lado difícil de los humanos y seguramente con los años habrán más leyes regulándolo.

No sabría decir si el odio silencioso es lo ideal, a modo personal confieso que tengo nulos sentimientos de odio hacia colectividades o individuos; sinceramente odiar se me hace más bien inútil y una perdida de tiempo. Sin embargo reprimir algo tan humano puede desembocar en peores problemas. Tampoco sé si lo ideal sea un mundo donde nos insultemos constantemente viendo el demonio en el otro; pero estamos hablando de una emoción que siempre ha estado pero anteriormente generaba problemas peores que un intercambio de veneno entre dos individuos anónimos por Internet.

Un mundo libre de odio es una fantasía que no va a pasar en mi tiempo en vida. En este caso solo resta seguir el camino que otros han sugerido como expandir el amor y la compasión hacia los demás aceptando nuestra imperfección mientras lo hacemos. Odiar no nos quita la humanidad precisamente es muy humano sentirlo, pero los actos que hacemos o no hacemos con esta emoción son lo que define el valor de nuestro carácter.

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