La incómoda utilidad de la mentira

“Mentir es malo”. Así afirman diversos sistemas éticos en el mundo y no dudo que se parte con las mejores intenciones al decretarlo. Pero la mentira también nos es beneficiosa para sobrevivir. Mentirles a otros y sobretodo a nosotros mismos es una práctica habitual de nuestra mente. Adaptarnos socialmente y construir un relato significativo de nuestras vidas son algunas de las utilidades del cuestionable acto de mentir.

La honestidad es una de las virtudes más importantes que podemos cultivar. No por nada desde las diferentes escuelas religiosas a través de la historia se ha condenado el uso de la mentira. Se plantea de este modo un escenario en el cual si todos fuéramos sinceros tendríamos un mejor mundo y hay muchas razones para pensar que eso es cierto. La sinceridad ahorra el recurso más importante que los humanos tenemos: el tiempo. Seguramente el lector alguna vez en su vida ha sido afectado por la falta de honestidad, bien sea perdiendo irrecuperables horas, días, semanas o años en medio de una red de mentiras.

Sin embargo y ante la condena moral, social o ética que hay hacia la mentira, estamos hablando de una práctica que todos cometemos y muchas veces en dosis diarias. Podría asegurar que la gran mayoría de mentiras que se producen se dan en terrenos irrelevantes, cosas sin importancia como por ejemplo decirle a alguien que su hija recién nacida se ve hermosa cuando pensamos que no es así.

Muchas de estas mentiras cumplen un rol principalmente social, mentimos para no generar problemas o crear tensión en un ambiente. Es una técnica que incluso precede la educación social; los niños entienden esto cuando mienten que no han hecho determinado daño y realmente si son los culpables. También la mentira cumple una función de supervivencia, en ciertos contextos es mejor no dar cierta información para precisamente evitar un daño al cual podamos temer.

Vídeo de Ted-ed que nos ayuda a entender el lenguaje de la mentira

¿Todos somos mentirosos? en cierta medida sí. Ahora bien, el hecho que usemos la mentira para determinadas situaciones no significa que todos seamos mentirosos compulsivos, por eso tenemos categorías para estos personajes como lo es el del mitomano. Hay ocasiones donde las personas no tienen alguna necesidad de mentir pero lo adquieren como una práctica cotidiana de su vida; motivados por el reconocimiento social hay quienes mienten constantemente sobre las reales condiciones de su vida y las experiencias vividas.

Pero estos mitomanos son un ejemplo exacerbado de algo que hemos sido participes y es el de la mentira desde un componente social. ¿La verdad necesitamos ser 100% sinceros en todas las ocasiones de nuestras vidas?, no es una pregunta fácil. Al principio de este texto mencioné que las mentiras muchas veces nos hacen perder tiempo pero hay ocasiones donde pueden llegar a ser útiles.

Debemos entender que la mente humana no tiene como objetivo encontrar verdades, su fin es la supervivencia. Para poder sobrevivir necesitamos de una estructura social a la cual nos adaptamos desde nuestros primeros años de vida. Adaptarnos a una sociedad requiere saber cuando inhibir acciones o palabras que no sean acordes al momento. En nuestra experiencia de socialización nos encontraremos constantemente con personas que requieren nuestra opinión; a pesar del pacto que tengamos con la honestidad si se quiere sobrevivir es necesario de vez en cuando mentir sobre nuestros puntos de vista.

Sin embargo y ante la condena moral, social o ética que hay hacia la mentira, estamos hablando de una práctica que todos cometemos y muchas veces en dosis diarias

En este punto vale la pena mencionar uno de los hechos que hace difícil asimilar esta idea y son precisamente nuestros sesgos. A menudo cuando nos juzgamos a nosotros o a las personas que amamos lo hacemos bajo el lente de la circunstancia. Nos escudamos en que no hemos dicho la verdad para precisamente no hacer daño o pensamos que no es necesario ser 100% sinceros debido a las negativas consecuencias que trae ser sincero en cierto caso. En sintesis cuando mentimos nos justificamos porque según el contexto era la mejor opción posible.

Mientras tenemos esa visión condesciende con nosotros, cuando el otro es quien miente lo juzgamos bajos los lentes de la esencia. Si alguien nos miente caemos en la idea que su acción no se debió a los circunstancia sino a su propia naturaleza, si mintió no fue por el contexto sino porque simplemente es un mentiroso. Esto hace que seamos más proclives a notar y recordar las mentiras ajenas más si estas nos afectaron; pero también nos impide cuestionarnos nuestra propia honestidad.

La supervivencia humana no solo es una cuestión de adaptarnos socialmente sino de darle significado a nuestra propia existencia. Una de las partes que nos hace más humanos es la construcción del relato de nuestras vidas. Existe un “yo” porque hay un pasado, porque hay historias y momentos que definen a la personalidad presente. Pero es necesario tener en cuenta que el pasado no está escrito en concreto y que también puede ser modificado precisamente para servicio de nuestros intereses.

Una de las ideas más fascinantes que he encontrado es la diferencia entre el “yo que vive” y el “yo que recuerda”. En diferentes textos de este blog he hablado de ello y lo traigo de nuevo para resaltar la importancia que tiene para nuestras propias vidas construir un relato de nosotros. Acá también los humanos mentimos pero esta vez a nosotros mismos, sin importar si es consciente o inconscientemente.

Comparto una experiencia que es probable que el lector haya vivido también. En mis tiempos universitarios tuve múltiples experiencias algunas buenas o malas y en medio de ese camino fui testigo como ciertas historias se iban tergiversando en el camino. A pesar que yo haya vivido y recuerde exactamente lo que pasó en cierta ocasión, sucede un fenómeno curioso cuando los humanos compartimos ese ritual del recordar y es que el 100% de la veracidad puede llegar a sobrar.

En medio de ese proceso de memoria colectiva se le añaden o se le quitan elementos a la historia que en esencia es la misma pero ya no obedece a la realidad. Mi yo amante de la historia siempre le ha gustado tener los hechos más reales posibles, pero cuando me reunía con mis amigos a construir esa memoria me volvía flexible y terminaba aceptando que las historias totalmente reales son más aburridas.

Así mismo pasa cuando recordamos o reevaluamos nuestra propia vida. En ocasiones le damos relatos o significados diferentes a lo que realmente vivimos; también somos capaces de torcer una historia en la que fuimos victimarios para convertirnos en victimas y lo peor es que nos la terminamos creyendo. Ni hablar de los falsos recuerdos que es un hecho que nos debe hacer dudar precisamente de nuestros relatos, pero cuestionar nuestro relato no es una acción placentera y por eso lo evitamos.

Falsos recuerdos

Tengamos en cuenta que cada vez que recordamos algo nuestra mente no se dirige al hecho sino a la última vez que pasó por nuestra mente. Con el paso del tiempo estas historias se modifican y acá hallamos un importante poder de nuestro cerebro, podemos modificar un relato para nuestro beneficio o perjuicio. Podemos tomar nuestras malas experiencias como sucesos que nos volvieron más fuertes o como un acto de injusticia de la vida. Ambas versiones son correctas, pero ¿Cuál nos beneficia más?.

En este texto no estoy haciendo apología a la mentira, simplemente quiero dar a entender porqué es una práctica que está tan presente en nuestro diario vivir. Creo en el poder de la honestidad y si me dan a elegir un mundo lleno de mentiras o uno de crueles verdades me voy con el segundo. A pesar de ello la mentira siempre va a estar ahí rondando, con intención o sin intención me cruzaré con ella desde el lado del que engaña o el engañado. Esto pasa porque somos humanos y también somos éticamente cuestionables.

Pedirnos a las personas que seamos 100% sinceras en todo lo que decimos es misión imposible, preferiría enfocar la virtud de la sinceridad en los asuntos importantes. Decirle a mi amigo que su camiseta me parece hermosa cuando la veo horrible no es algo que lleve a peligrosas consecuencias. Pero mentirle a una pareja que se tiene una relación escondida por más de 3 años si es un asunto donde las consecuencias afectan la salud emocional del otro. Finalmente pretendo con este texto que nos quitemos del papel de victimas y asumamos que nuestra naturaleza humana también está hecha para ser cuestionables y en ocasiones el malo de la película; pero eso no es más que otra parte de la experiencia de ser humano.

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