Una receta para el caos

En mayo de 2021 Colombia es tristemente noticia mundial por los graves hechos en materia humanitaria que ocurren en las calles del país. Pobreza, hambre, autoritarismo, uso excesivo de la fuerza, desasosiego y una nefasta tradición política son algunas de las causas de este complejo problema.

En noviembre del 2019 Colombia vivió largas jornadas de protestas manifestando un latente descontento social con la presidencia de Iván Duque. Para aquel entonces e inspirados por los movimientos en Chile miles de personas salieron a protestar, las razones eran las de siempre en un país que no ha podido superar problemas como: la violación de derechos humanos, desigualdad, pobreza, violencia estatal, etc.

Durante aquel tiempo ocurrió un escenario parecido al que se está viviendo a esta altura de mayo de 2021. Fuerzas del estado ejercieron una fuerte represión causando la muerte de civiles cuyo total se cuenta por decenas. Comenzó diciembre de 2019 y las protestas fueron cada vez menos; finalmente el efecto festivo de este mes le quitó impulso a los movimientos en las calles.

El inicio del 2020 no fue convulsivo en material social, la llegada de la pandemia cambió las reglas del juego. El mundo en el que se dieron las protestas en noviembre del 2019 es muy diferente al que se vive exactamente 18 meses después. El Covid llegó arrasando y llenando los hospitales de las ciudades alrededor del mundo. Esto le dio una tregua al gobierno que esta vez tenía como objetivo enfrentar una amenaza global. A raíz de un miedo generalizado el mundo cayó en una espiral de autoritarismo de la cual no se ha recuperado y que es posible que nos acompañe en el futuro cercano.

En medio de las medidas sanitarias al estado se le otorgó un poder gigante y era la facilidad de doblegar las libertades individuales mediante confinamientos u otras medidas coercitivas. Lo que se estaba armando en aquel momento era una clara bomba de tiempo, porque si bien entendemos la amenaza que representa el covid 19, se nos olvidó por un momento que en Colombia había problemas de fondo muy graves como la pobreza o la desigualdad. Debido a toda esta cadena que afectó la economía mundial los viejos problemas de Colombia se agravaron.

Los trapos rojos como símbolo de la pobreza en la pandemia. Contexto: este era el mecanismo de familias pobres para pedir ayuda en medio de las carencias económicas producto de la cuarentena.

Confieso que este estallido social me lo esperaba entre abril y mayo del 2020, no era difícil prever una crisis social cuando se mandó a encerrar un país cuya economía se desarrollaba mayormente en la informalidad. Por ejemplo en abril de 2020 se perdieron casi 5 millones de empleos, para ese entonces el estado fue altamente respaldado por los diferentes espectros políticos en continuar con medidas más estrictas.. El objetivo era claro se tenía que mejorar al sistema de salud y prepararse para las agresivas oleadas de Covid.

Mientras los hospitales comenzaron a llenarse los estragos de las medidas económicas se empezaban a ver. Los pañuelos rojos se convirtieron en un símbolo en los primeros meses de la pandemia de esa pobreza que aumentaba. La esperanza de millones de personas en una pronta recuperación se vieron esfumadas cuando se dieron cuenta que conseguir un empleo era mucho más difícil que antes.

A esta altura sabemos que las medidas contra el covid generaron un daño irreparable para miles de personas, estamos hablando no solo de lo devastador de la enfermedad sino también problemas sociales como la deserción escolar, la perdida de libertades y una economía que entró en la peor recesión de su historia. Con el paso de los años es necesario conocer cuantas vidas se salvaron a partir de estas medidas, pero también se deberá hacer una evaluación costo-beneficio de su implementación porque los daños colaterales también causarán muertes.

Mayo 2020; la fuerza pública a través del autoritarismo se encarga de velar por el cumplimiento de las medidas sanitarias

Ante esta situación el autoritarismo se venía reforzando, no fueron pocas las voces que imploraban que el ejercito se metiera en las calles para poder “frenar el contagio” y “acabar la indisciplina”. Hay una especie de fetiche social con la idea que la militarización de las ciudades son efectivas para cumplir las leyes, obviando así las terribles consecuencias que este experimento nos ha dejado en materia de derechos humanos. Alcaldes, gobernadores e incluso el presidente se habrán encontrado con un escenario supremamente extraño, el de miles de voces suplicando encierros totales, más toques de queda y ponerle todo el énfasis al castigo. De este modo se confirmó un principio político que es tan antiguo como la civilización misma, la mejor manera de controlar es a partir del miedo.

Antes de continuar con mi argumentación quiero ser claro en que entiendo que la pandemia requería de medidas y algunas de carácter muy fuerte como por ejemplo eliminar los eventos masivos . Además es cierto que la oleada de autoritarismo no solo ocurrió en Colombia, sino que países con fuertes tradicionales liberales también tomaron la misma postura. Pero en este punto hay una diferencia que a veces se omite, para un país rico es más fácil tomar este tipo de decisiones; para un país de renta media como Colombia y donde la miseria todavía es una amenaza no nos podíamos hacer los ciegos con las consecuencias.

De este modo se confirmó un principio político que es tan antiguo como la civilización misma, la mejor manera de controlar es a partir del miedo.

¿Entonces qué tenemos para inicios del 2021?. Lo primero es que los problemas por los que se protestaban en noviembre de 2019 claramente no se han resuelto y han empeorado. Recientemente el DANE (departamento nacional de estadística en Colombia) confirmaba lo que se presagiaba, un aumento considerable de la pobreza monetaria del país. En particular las zonas más afectadas fueron las grandes ciudades, las que hoy son el centro de las protestas. Un ejemplo es que en la ciudad de Bogotano la cantidad de gente que pasó de la clase media a la pobreza fue casi de un millón.

La crisis económica por supuesto hace necesario un cambio de reglas en materia fiscal. En este punto es obvio que se necesita una reforma tributaria porque precisamente las políticas para reparar los dañado van a ser muy caras. El proyecto presentado por Alberto Carrasquilla tenía estos fines, pero venía con un problema gigante y era el aumento de los impuestos que perjudicaba a la cada vez más débil clase media y a los menos favorecidas también. El hecho que elementos de la canasta familiar, la mediocre dieta con la que viven millones de colombianos iba a ser más cara no iba a caer bien en un país con personas más pobres.

Aquello fue el punto inicial que desembocó en los actuales hechos que han sido noticia en varias partes del mundo. Las marchas a nivel nacional comenzaron el 28 de abril y la salidas de cientos de miles de personas a la calles no era algo que solo tenía que ver con la reforma tributaria. Estamos hablando de gente desempleada, con hambre y que no ve ningún futuro en el país, siendo esto sólo una parte del amplio abanico de insatisfacciones.

En este punto es donde llega la peor parte de esta historia. El estado colombiano ha tenido una tradición de asesinar civiles; a través de la historia la represión estatal se ha manifestado en diferentes maneras. Por ejemplo el ejercito ayudó a paramilitares en sus fatídicas masacres de los 90’s y 2000’s. La persecución política o los infames falsos positivos durante el mandato de Alvaro Uribe son un recuerdo de los grandes pecados del ejercito nacional. Para la persona que no está familiarizada los falsos positivos consistieron en la práctica de asesinar civiles para disfrazarlos y mostrarlos como guerrilleros muertos en combate; a cambio los soldados obtenían permisos como vacaciones en una política que se medía a través de la cantidad de muertos. Todo esto ocurría en el contexto del conflicto político en la primera década de siglo XXI.

Este asunto hace que no sea extraño que el estado actualmente actúe de manera cuestionable, los asesinatos a civiles ocurridos en los últimos días en ciudades como Cali son una muestra de un problema estructural. Hay una violencia estatal que tiene que ceder, porque de seguir así el problema será cada vez mayor para mantener el orden en el país. Es cierto que dentro de las marchas hay espacios donde vándalos (algunos delincuentes naturales o policias encubiertos) se encargan de hacer saqueos y atacar a la ciudadanía. También hay acciones de algunos manifestantes que también las condeno como intentar incinerar estaciones de policías con personas adentro.

Pero es importante mencionar que la absoluta mayoría de personas que hoy se encuentran en las calles no están actuando violentamente, solamente están ejerciendo un derecho que la constitución colombiana garantiza. En conclusión y a la altura del 5 de mayo día que se escribe este texto tenemos: un estado tradicionalmente autoritario que se reforzó a raíz de la sumisa entrega de libertades que hicimos los ciudadanos en esto de “cuidar vidas”.

Los toques de queda o cuarentenas no son solo instrumentos para contener enfermedades respiratorias, ahora pueden ser usados como elementos de represión en aras de mantener el “orden público”. Hoy tenemos millones de personas en Colombia cuyas vidas son claramente peores que hace dos años, teniendo en cuenta que en el 2019 Colombia no era precisamente Suiza.

El hambre, el desempleo y la falta de esperanza en el futuro culminaron con una rabia que se desborda en cada ciudad y que ha encontrado como respuesta un estado que con el fin de mantener el orden está dispuesto a matar civiles. Lo peor es que esto no tiene al parecer solución fácil ya que los millones de problemas que convergen no se solucionan de la noche a la mañana.

Mientras tengamos más represión, encierros, o no se vacune de manera eficiente para liberar la economía; muchos de estos problemas se mantendrán. No hay una respuesta única esta problemática pero me arriesgo a proponer que todo comienza si se garantiza: la libertad, respeto de los derechos humanos, escuchar las necesidades sociales, vacunación rápida y evitar cualquier mecanismo de represión desde las armas.

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