Una defensa de la mediocridad

¿Ser mediocre es bueno o malo?, la respuesta sencilla es que en esencia no es ninguna de las dos. La mediocridad puede ser un lastre a la hora de emprender nuestros trabajos más importantes o una vía de escape para poder tener una vida más tranquila. Ninguno de estos dos caminos es moralmente mejor que el otro, pero hoy propongo pensar las bondades detrás de la mediocridad.

La mediocridad es una de esas palabras con pésima reputación siendo considerada en muchos casos como algo netamente negativo. Bajo los ideales del capitalismo y su promoción de la competencia lo que se premia socialmente es a los mejores o a quienes parezcan serlo. En una ideología que se obsesiona con dividir la gente entre ganadores o perdedores, casi siempre la mediocridad será un adjetivo relacionado con el segundo grupo.

Por supuesto que hay cosas positivas detrás de la competencia y una de las razones por las cuales el capitalismo triunfa sobre otras ideas es que sabe aprovecharla. En medio de esa constante presión por ser el numero 1 hay personas u organizaciones que elevaron el espíritu humanos inspirados por superar la mediocridad. Si yo quisiera también podría dedicar este espacio a criticar dicha idea, pero quiero aclarar desde ahora que no considero la mediocridad como algo esencialmente bueno, sino como algo útil en determinados contextos.

Alain de Bottom explicaba que diversas sociedades están construidas para favorecer a los ganadores. Otras como los países nórdicos forjan comunidades que favorecen a los perdedores. Un ejemplo de esta idea es hacer la comparativa entre Estados Unidos y Suecia. En el primero, el acceso a servicios públicos elementales como salud o educación acarrean un alto costo que automáticamente excluye a millones de personas. Guiados bajo la idea que cada uno tiene que trabajar por lo suyo, los beneficios sociales caen en manos de los que tengan el capital para acceder a ellos. Por otro lado, el acercamiento nórdico es ofrecer una calidad de vida lo suficientemente buena a todos sus habitantes. La educación, salud o esparcimiento no tienen que ser un premio para unos vencedores, sino un derecho alcanzado hasta para aquellos que no pudieron triunfar.

Dentro de ese contexto ideológico nos encontramos una porción significativa de la población occidental. La búsqueda por ser los mejores se traduce también en una búsqueda por el estatus. Sobre el estatus vale la pena mencionar que no es algo que sea relacionado solo al capitalismo, más bien pertenece a la naturaleza humana. En toda la historia nos hemos organizado en jerarquías apelando a diferentes modos de evaluación: por la fuerza física, la conexión espiritual, la posición dentro del partido, posesión de tierras o de dinero, etc. La búsqueda por el estatus no es nueva y usualmente ha sido salvaje, pero lo particular de los tiempos actuales es la masiva promoción de la idea “tú puedes lograr todo lo que quieras”.

La premisa parte de un hecho y es que al menos en los países ricos las personas tienen mayores oportunidades que la que han gozado la absoluta mayoría de humanos que han pisado este planeta. Por siglos gran parte de la población tuvo como principal preocupación la mera supervivencia; solo cuando la masa pudo tener resueltas sus necesidades básicas fue que la idea de éxito se apoderó. La promesa del capitalismo es sencilla: lo único que te separa de la vida de tus sueños eres tú, ahora eres el único responsable de no vivir en una mansión con dos carros de lujo y una adorable familia.

no considero la mediocridad como algo esencialmente bueno, sino como algo útil en determinados contextos.

El problema con la idea de: “Tú puedes lograrlo todo” es que es falsa. La vida tiene elementos impredecibles que doblegan la capacidad de materializar muchos de estos sueños. Tenemos en los diarios las historias de éxito, pero olvidamos esa mayoría que lo intentó pero finalmente no pudo. Hay quienes siguieron al pie de la letra todos los elementos de la ciencia del éxito, pero una enfermedad les hizo cambiar sus prioridades.

Byung-Chul Han

Dentro de ese contexto del que “tú puedes lograrlo todo” hay un mandato intrínseco y es ser el mejor. Eso explica el fenómeno que el filoso surcoreano Byung-Chul Han ha denunciado. Según este pensador las sociedades contemporáneas están llenas de personas que se explotan a si mismas para mantenerse vigentes en esa carrera al éxito. Se parte de la idea que la vida tiene valor en la medida que se conciba como un proyecto medido a partir de parámetros objetivos. Detrás de esa carrera hay quienes cometen sacrificios irracionales que incluso van en contravía de su bienestar personal.

Que las personas quieran superarse, prosperar y trabajen por ello no es para nada algo malo, personalmente lo veo como una virtud. Pero como una vez mencioné el problema con las virtudes es que nos sean impuestas. En medio de esto es que aparece la mediocridad como una inesperada arma.

Para comenzar ser mediocre no es lo mismo que ser malo, es simplemente estar en el nivel medio que muchas veces es lo único que necesitamos. Debemos asumir un hecho y es que como individuos a la hora de la verdad somos malos en casi todas las áreas de la vida, por eso creamos sociedades donde las personas se especializan precisamente para ser más eficientes. Si hay una idea que es más absurda que explotarnos por ser el mejor es explotarnos para ser el mejor en todo.

Alain de Botton, autor de La ansiedad del estatus

“En todo lo que hagas preocúpate por ser el mejor”, la frase tiene muy buenas intenciones pero es poco práctica para la realidad en que vivimos. Ante la abundancia de habilidades que se pueden desarrollar pretender ser el mejor en todo es una perdida de tiempo. Es paradójico lo que voy a decir debido al hilo argumentativo que llevo en el texto, pero creo que es necesario mencionar que si alguien quiere triunfar, lo más inteligente es ser muy bueno (no necesariamente el mejor) en muy pocas cosas y la mediocridad nos sirve para eso.

Aceptar nuestra mediocridad en extensas áreas de la vida es quitarnos la presión de ser el mejor esposo, amigo, empleado, hijo, deportista, artista, etc. No necesitamos ser los mejores en todo, en algunos puntos lo mejor es quedarnos con la mediocridad que recordemos no es ser malo sino a estar un nivel medio. Abrazar nuestra mediocridad es permitirnos descansar de los artificiales valores que se nos quieren imponer como sociedad, también somos valiosos sino somos los mejores.

Otro beneficio de asumir nuestra mediocridad es que nos da una mayor libertad para poder intentar las cosas que hemos querido. Les daré un ejemplo personal: por muchos años de mi vida quise aprender a tocar un instrumento musical, pero muchas veces me negué a iniciar el proceso porque asumía que nunca iba a llegar a ser bueno en ello. Alrededor de hace 4 años empecé a tocar el piano cada día, avanzando poco a poco me fui sorprendiendo de mis capacidades. Lo mejor de todo es que yo no quiero ser pianista, no tengo la presión por ser muy bueno o el mejor, esa falta de competencia hace que disfrute mucho mi media hora de práctica diaria.

Después de 4 años puedo decir que soy alguien que toca el piano un poco mejor que el promedio de la población, además recordemos que el promedio lo suben aquellos genios demasiado buenos y la gran mayoría de personas son malas tocando el piano.

Que las personas quieran superarse, prosperar y trabajen por ello no es para nada algo malo, personalmente lo veo como una virtud. Pero como una vez mencioné el problema con las virtudes es que nos sean impuestas.

Ser mediocre en un amplio abanico de nuestras vidas nos brinda la posibilidad de concentrar nuestros esfuerzos en ser bueno en lo más importante. El perfeccionismo es una quimera, no es ser posible ser bueno en todo y en algún momento tenemos que aceptar nuestra mediocridad en la mayoría de las cosas de nuestra vida. Como lo dije a principios del presente texto ser mediocre no es alguno bueno per sé, mi defensa es que es útil en determinados aspectos como:

  • Reducir la innecesaria ansiedad de ser el mejor
  • Borrar la idea de tener que ser bueno en todo (es imposible)
  • Procesos de aprendizajes más tranquilos ante la ausencia de presión. Aprender por placer
  • Concentrar nuestras capacidades en ser buenos en lo más importante para nosotros

Por último y no lo menos importante recordemos que no tenemos la obligación de ser excepcionales para que esta vida valga la pena.

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