¿Hasta qué punto el estado nos debe proteger la vida?

Segunda parte del texto Reflexiones para próximas pandemias. Los humanos llegamos a un contrato social buscando protección en las instituciones de un estado. Sin embargo la idea que el fin principal del estado es cuidarnos la vida también acarrea ciertos peligros.

LA NECESIDAD DEL ESTADO

Uno de los grandes debates que tiene y ha tenido la humanidad a través de su historia es sobre el modo ideal en que nos debemos organizar. La especie lo ha intentado de diferentes maneras, teniendo toda clase de resultados: tribus, reinos, imperios, hordas, nomadismo, etc. Es evidente que nuestra naturaleza requiere de cooperación social y también hay un instinto en nosotros de organizarnos en grupos.

Los diversos mecanismos de organización social se fueron desarrollando al ritmo que las poblaciones iban creciendo. El Homo Sapiens no necesitó de estructuras complejas durante la mayor parte de su historia, la razón era que funcionábamos como cazadores-recolectores en grupos que raramente superaban los 50 individuos. Durante aquellos milenios la especie humana se configuraba principalmente en jerarquías lideradas por los “hombres fuertes”. La revolución agrícola fue el punto de partida en la formación de la civilización; de repente miles de humanos convivían juntos en sociedades donde ya era necesario pensar en otros modelos.

El modelo ideal de sociedad es un debate que hasta ahora no ha terminado y posiblemente no lo hará. Diversos genios a través de los tiempos han buscado responder esta duda: Confucio, Platón, Maquiavelo, Rosseau, Hobbes, Locke, entre muchos más han aportado sus ideas. En ese camino la idea de “estado” es relativamente nueva, esto se debe a que organizarnos desde instituciones y no sobre la base de un rey, emperador o dios no fue muy popular durante siglos.

John Locke: uno de los pensadores del estado moderno

Es claro que un consenso entre todos los individuos es imposible. Las personas tenemos valores, expectativas, o formas de vida tan diversas que esto se traduce en nuestras preferencias sobre la sociedad ideal. Por lo tanto, tomo partido a favor de las ideas de John Locke, ya que considero que su pensamiento imperfecto como todos los demás da una respuesta acertada sobre el deber del estado. Para este pensador inglés la razón de existir del estado es la protección de los derechos individuales, principalmente tres: derecho a la vida, libertad y propiedad. Al poner énfasis en los ciudadanos y no en los reyes o dioses se construye la base de una sociedad más igualitaria en materia de derechos.

Es claro que la razón de organizarnos en sociedad responde meramente a una cuestión de supervivencia. Ante una realidad donde la entropía y el caos moldean la naturaleza, aislarnos sería contraproducente para la especie en general. Por ello hacemos acuerdos de convivencia entre los ciudadanos, otorgamos el poder de resolver conflictos a instituciones para así evitar buscar soluciones personales donde la ley de la selva impera.

No debemos olvidar que como especie todavía están con nosotros elementos del mundo natural que recién hemos empezado a cuestionar. Las guerras, la injusticia, el dominio del más fuerte son aspectos que se consideraron normales y hasta deseables por múltiples generaciones. En los últimos tiempos hemos buscado el modo para domar aquella bestia que todavía convive en nosotros. Por ello la construcción de sociedades complejas y la promoción de la cooperación son aún necesarios para el desarrollo de la humanidad.

En ese camino la idea de “estado” es relativamente nueva, esto se debe a que organizarnos desde instituciones y no sobre la base de un rey, emperador o dios no fue muy popular durante siglos.

¿QUE TIPO DE ESTADO QUEREMOS?

Isaiah Berlín

Isaiah Berlin en su carta al siglo XXI escribió una de las grandes reflexiones que la humanidad debe tener en cuenta para organizarse como sociedad. Necesitamos asumir que es imposible alcanzar la perfección en todos los valores supremos. Es decir que es imposible alcanzar el 100% de libertad y a la vez el 100% de seguridad, lo mismo ocurre con la justicia y la libertad, ambas no se pueden lograr en su versión perfecta porque a la final terminan chocando. En algún punto nuestros valores tienen que entrar en discusión en un camino donde todos cedamos un poco con el fin de alcanzar un equilibrio razonable.

A pesar que considero la libertad como el valor más importante, debo aceptar que para funcionar como sociedad necesitamos de un grado de represión para que otros valores puedan ser alcanzados. Un simple ejemplo que resume esto es que necesitamos privar de la libertad a individuos que sean precisamente un peligro para la sociedad. Aquellas personas que violan los derechos ajenos deben asumir consecuencias legales de sus actos, algo que dentro de una sociedad 100% libre no debería ocurrir.

LA LIBERTAD EN LOS TIEMPOS DEL COVID

En los tiempos presentes hemos sido testigos del recorte de libertad más grande en una generación. La naturaleza de la transmisión del virus que se aprovecha precisamente de nuestro instinto social conllevó a una serie de drásticas medidas para intentar frenar su expansión. Cuarentenas, confinamientos, toques de queda, multas y demás medidas autoritarias fueron puestas a disposición con el objetivo de salvar vidas.

El debate estaba servido, estamos ante una enfermedad que tiene el potencial de poner en jaque los sistemas de salud de todo el mundo y el estado tiene la obligación de cuidar la vida de sus ciudadanos. Para algunos este fin justifica absolutamente todas las medidas que implican el recorte de libertades con el fin de salvar vidas. Para otros, reducir la idea que proteger la vida es solamente cuidarnos del covid es una postura peligrosa ante la luz de otros problemas que también son amenazas mortales.

Ante una realidad donde la entropía y el caos moldean la naturaleza, aislarnos sería contraproducente para la especie en general

Es posible que en un periodo entre uno o dos años ya el tema del covid empiece a ser estudiado en retrospectiva, algo que le quitaría el componente emocional a la hora de evaluar nuestras acciones. Esto hace necesario plantearnos una pregunta desde ya: ¿Hasta qué punto es deber del estado cuidarnos la vida?. Estamos de acuerdo que el estado debe protegernos, por algo como ciudadanos le entregamos el monopolio de la fuerza, el manejo de la justicia y pagamos impuestos para financiar ejércitos, hospitales, vías seguras, etc.

Pero si somos totalmente sinceros es claro que si el fin principal del estado es protegernos la vida, entonces más medidas autoritarias deben considerarse indispensables para atacar otros problemas de salud pública. La influenza es un virus que anualmente mata a miles de personas y sus métodos de contagio son muy similares a los del Covid. No es gratuito que la tradicional temporada de gripe haya sido saltada en varios países, ya que una de las causas ha sido las medidas de distanciamiento social. Si el papel del estado es salvar la vida a como dé lugar, entonces ¿es válido hacer cuarentenas en las próximas temporadas de influenza?, no es una pregunta sencilla porque estamos hablando del potencial de salvar miles de vidas.

Si nos fijamos en las principales causas de muerte en el mundo nos encontramos en el tope con enfermedades cardiovasculares, respiratorias o cáncer. Después de estos primeros puestos aparecen de cerca aspectos como accidentes de tránsito o suicidios.Cada país tiene sus diferentes causas de muerte incluso divididas según la edad de la población. Sin embargo, es claro que si nos obsesionamos con estos temas como lo hemos hecho con el sars-cov-2, podríamos evitar mundialmente millones de muertes al año, pero ¿a qué precio?.

UN ESTADO PARA CUIDARNOS

Le propongo al lector un ejercicio de imaginación y es pensar qué medidas (no importa si son drásticas) se pueden hacer para evitar la muerte por enfermedades cardiovasculares. Surgirán ideas como prohibir las bebidas azucaradas o las comidas chatarra, se podría obligar a la gente a hacer ejercicio a pena de alguna multa, o también campañas masivas de diagnostico de enfermedades coronarias. Ideas deseables o indeseables aparecen, de igual modo este ejercicio es aplicable a casi toda causa de muerte. Sería curioso pensar cuáles serían las medidas aplicadas si nos imponemos como principal objetivo de la sociedad eliminar las enfermedades de transmisión sexual.

Hoy los estados disponen de miles de herramientas para proteger la salud pública y también el poder para imponerlas. Por supuesto que en ciertos contextos hay mejores métodos más allá de los represivos, sin embargo hay situaciones donde si se prioriza el corto plazo lo más represivo es mejor. En paises como Colombia ya se pudo observar que toques de queda y cuarentenas son las mejores medidas para evitar los tristemente tradicionales homicidios en fechas de fiesta.

Es cierto que ni la máxima represión estatal va a evitar que esquivemos la muerte, hablamos del único hecho seguro que tenemos. Ahora bien es importante debatir los límites del poder del estado en esta materia, ya que si hay otra certeza además de nuestra propia mortalidad es el hecho que siempre habrán otras amenazas a la salud pública. No solo tenemos los peligros de virus o bacterias, a veces los mismos humanos también somos un riesgo para la salud pública.

¿Hasta qué punto es deber del estado cuidarnos la vida?. Como todo en la vida no tengo la respuesta ideal para esto. Pero si quisiera invitar a pensarlo de una manera más crítica, ya que si asumimos que el estado tiene absolutamente todo el poder para protegernos de la muerte podemos caer en distopías. También es claro que si el estado no nos protege su existencia no tendría sentido. ¿Cuál es el límite?, no lo sé; pero si sé que allá afuera hay personas muy inteligentes como ustedes que pueden dar una o varias respuestas acertadas.

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