La necesidad del mito

Uno de mis objetivos cuando empecé este proyecto de Otro Ignorante Más era poder escribir acerca de otras pasiones que tengo. Sucede que en mi vida tengo dos adicciones que consumen mi tiempo: el conocimiento en general y el fútbol. He escrito mucho sobre este deporte y he estado involucrado en otros proyectos donde hablo del tema. Pero Otro Ignorante Más lo creé bajo la idea de no hablar de fútbol y hoy no va a ser la excepción.

Solamente el fútbol lo tomaré como base para la idea que trataré de exponer. En recientes días murió un personaje mítico en este deporte y es Diego Maradona, siempre me pareció curioso el nivel de idolatría que existía con este hombre. La cuestión de tener un talento sobrenatural en un deporte de masas, un carisma que lo llevó a trascender el mismo juego, una vida llena de altibajos y un liderazgo muy autentico, fueron las piezas de la construcción de su mito.

Debo aceptar que a la mente no se me vienen muchas personas que tengan este nivel de fama y reconocimiento a nivel mundial. Es claro que ídolos hay muchos alrededor del mundo, usualmente teniendo su influencia a nivel local. Pero el estatus de mito que tenía Maradona hizo que por ejemplo le construyeran una estatua en la India o lo recibieran como un héroe en Bielorrusia. Es decir, estamos hablando de países tan lejanos con sus propias culturas y héroes, pero allá decidieron reconocer a un tipo que juega fútbol y es argentino.

Más allá del hecho que de su figura naciera incluso una religión, la duda que me entra es sobre por qué tenemos esa necesidad de idolatría, ¿por qué creamos mitos?. A pesar de la admiración gigante que pueda yo tener con cualquier otro individuo, en mi mente se hace imposible imaginar que puedo llegar al punto de adorar a una persona que no conocí. Soy defensor de celebrar la genialidad, pero adorar a otro pedazo de carne que en algún momento desaparecerá y será olvidado (perdurarán más en la memorias pero al final el olvido es más grande que todos) no me parece algo especialmente inteligente.

Michael Jackson, otro personaje con características míticas

La necesidad de adoración explica un poco el por qué una constante en la especie humana cuando se distribuye en grupos es la jerarquía. Asumimos en nuestra naturaleza un comportamiento que está prereparado para rendirle culto a algo o alguien, tenemos una tendencia a querer seguir. En este momento la razón deja de funcionar, porque hay un hecho sobre los humanos que debemos siempre tener en cuenta: nuestra mente está hecha para sobrevivir, no para la búsqueda de lo razonable.

La realidad es difícil y siempre lo ha sido para nuestra especie. El caos, la vulnerabilidad, el hecho de ser tan frágiles nos ha llevado a buscar refugios físicos y emocionales. Recordemos que la mente humana evolucionó de un entorno como es la vida natural, donde el riesgo y el peligro son siempre constantes. Mencionaba Steven Pinker en su obra «Cómo funciona la mente» sobre el hecho que las sociedades tribales relacionaban a su líder con base en su fuerza física y a esto mismo adoraban.

Soy defensor de celebrar la genialidad, pero adorar a otro pedazo de carne que en algún momento desaparecerá y será olvidado (perdurarán más en la memorias pero al final el olvido es más grande que todos) no me parece algo especialmente inteligente.

En cierto modo la fuerza fue un factor fundamental para poder sobrevivir en esos duros entornos, siendo esta la principal razón para estratificar a la sociedad. Ahora bien los tiempos fueron pasando y se empezaron a premiar cosas diferentes a la fuerza como: las habilidades sociales, el contacto con los dioses, la inteligencia militar, la valentía, la genialidad, entre otros.

Si bien la admiración y el reconocimiento son necesarios, hay algo que ocurre con los mitos que explica un poco la idea que el fin de crearlos es para nuestra supervivencia. Mientras pasa el tiempo, de los mitos se cambian sus historias, se exageran ciertas hazañas y se va maquillando la información. De este modo pasó por medio de la tradición oral, leyendas e historias de personas que vivieron un tiempo y fueron alguien muy significativo para su entorno.

Los cazadores-recolectores premiaban la fuerza

A través de la historia hemos creado mitos, no solo de personas sino también de animales o los mismos dioses. Al parecer hay algo en nuestro ADN que genera estos comportamientos, al punto que millones de personas son capaces de gastar su tiempo y energía adorando a todas estas fuerzas míticas. No por nada las personas religiosas tienen una esperanza de vida mayor a los no creyentes.

Para soportar la realidad el mito es más necesario que la verdad. Las comunidades humanas en antiguos modos de socialización se sentaban a contar y construir relatos sobre los personajes (bien sea real o imaginario). Los mitos sirven para generar cohesión social, para que todos tengan los mismos referentes sobre lo qué es ser grande en determinado contexto. Un poco esa función del mito es ayudar a la supervivencia de la población, a partir de contar que uno de ellos ha logrado lo extraordinario.

En medio de una realidad donde la gran mayoría de las personas pasan por la vida sin mucha pena ni gloria, el mito precisamente se crea a partir de lo extraordinario. La adoración a la grandeza sirve entonces para crear un relato común y esos mecanismos en tiempos donde socializamos diferente todavía se mantienen. No solo ocurre con Maradona, pasa con políticos, artistas, lideres religiosos, etc.

Si bien la adoración a otro humano por sus hazañas desde cierto punto de vista pueda parecer absurdo, detrás de eso podemos satisfacer nuestra necesidad de refugio. Es el hecho de encontrar esperanzas para sobrevivir cuando se piensa lo que los otros lo han podido hacer. Es más importante enfocarnos en nuestras propias vidas que venerar la de otros, pero de algún modo estos actos de fe tienen su poder más allá de lo racional.

Para soportar la realidad el mito es más necesario que la verdad.

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